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No defendemos la verdad, defendemos la tribu y nuestro propio poder

 “Los humanos no argumentan para descubrir la verdad; argumentan para avanzar los intereses de su tribu y, por ende, los propios”. 



La frase, tomada del trabajo de Cory J. Clark y Bo M. Winegard, funciona como apertura perfecta para entender nuestras peleas cotidianas en X, en tertulias y en columnas de opinión. Detrás de la apariencia de debate racional, estos autores sostienen que opera una psicología tribal profunda que reorganiza la discusión pública como lucha de bandos, no como búsqueda compartida de conocimiento.

El artículo plantea que una larga historia de conflicto y competencia entre grupos moldeó a los humanos como criaturas intrínsecamente tribales. La selección natural habría favorecido a quienes defendían con más lealtad a su coalición, castigando a los que se quedaban sin grupo o traicionaban a los suyos. Desde esta perspectiva, la mente humana no es una máquina neutral de cálculo, sino un dispositivo adaptado para navegar alianzas, amenazas y jerarquías. Lo que hoy llamamos “opinión política” es, en gran parte, la capa contemporánea de un instinto coalicional muy antiguo.

Sobre esa base evolutiva, Clark y Winegard describen una “epistemología ideológica”: en lugar de procesar la información de forma objetiva, tendemos a subordinar la razón a la tarea de afirmar las creencias del endogrupo y reforzar nuestro estatus dentro de él. Liberales y conservadores comparten esta arquitectura mental; lo que cambia es el contenido de sus historias y enemigos. Argumentamos, sí, pero lo hacemos principalmente para ganar batallas narrativas, no para aproximarnos humildemente a la verdad.

En términos de poder, cada discusión se vuelve una puesta en escena. Los argumentos funcionan como performances públicas que señalan lealtad, castigan disidencias y distribuyen prestigio. El adversario deja de ser un interlocutor con el que podría construirse una verdad más compleja, para convertirse en un símbolo contra el cual reafirmar la identidad propia. La cita a “esas personas intolerantes, fanáticas o irracionales” aparece una y otra vez como recurso retórico que tranquiliza al grupo: si el otro está dañado moral o cognitivamente, no hay motivo para escucharle.

Las plataformas virales son el escenario ideal para esta lógica tribal. X, TikTok o YouTube premian el contenido que moviliza emociones intensas, simplifica conflictos y ofrece enemigos claros. En ese ecosistema, los hilos que mejor funcionan no son los que introducen matices, sino los que condensan la política en gestos de adhesión o rechazo. Los algoritmos amplifican las intervenciones que más refuerzan la narrativa del grupo, convirtiendo la epistemología ideológica en un motor de visibilidad: cuanto más útil es un argumento para la tribu, más probable es que se vuelva tendencia.

Las consecuencias para la deliberación democrática son profundas. Cuando las personas procesan datos en clave tribal, temas como la vacunación, el cambio climático o la desigualdad dejan de ser problemas complejos a resolver y se transforman en marcas identitarias. En contextos donde la verdad es ambigua o requiere análisis técnico, el sesgo tribal gana aún más fuerza: importa menos cuál política reduce mejor un daño que cuál política encaja mejor en el relato de “los nuestros”. La conversación pública se desliza así del terreno de la evidencia al terreno del honor de la tribu.

Leído desde la lógica de storyboard, este esquema se repite una y otra vez. Acto uno: un hecho ambiguo o una crisis disparan la ansiedad pública. Acto dos: distintos grupos formulan guiones rivales, seleccionando datos, culpables y soluciones acorde con sus intereses. Acto tres: las audiencias eligen el relato que mejor encaja con su identidad previa y, a partir de ahí, toda nueva información se reescribe para encajar en ese guion. El resultado es una película donde cada tribu se ve a sí misma como heroína y retrata a las demás como amenaza existencial.

En ese mundo de tribus discursivas, periodistas, consultores, influencers y académicos se convierten en guionistas del conflicto. Deciden qué escenas se muestran, qué voces se amplifican y qué silencios se mantienen. Saber que nuestra mente está diseñada para argumentar a favor del grupo, y no de la verdad, no implica renunciar a la política, pero sí obliga a cultivar una forma distinta de comunicación: una que sospeche de sus propios reflejos, que tolere la incomodidad de la duda y que renuncie, al menos a ratos, al aplauso garantizado de la tribu. Solo así habrá espacio para escribir historias que no sean meras secuelas del mismo conflicto de siempre.

Crédito de la fuente:
Basado en Cory J. Clark y Bo M. Winegard, «Tribalism in War and Peace: The Nature and Evolution of Ideological Epistemology and Its Significance for Modern Social Science», Psychological Inquiry, 31(1), 1-22, 2020. DOI: 10.1080/1047840X.2020.1721233.

Redacción

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