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Tenemos cientos de contactos, pero cada vez menos amigos: la nueva crisis de la amistad


Puedes tener 1,500 seguidores en Instagram, cuatro grupos activos de WhatsApp, compañeros de trabajo, contactos en TikTok y personas reaccionando diariamente a tus historias. Y aun así llegar al viernes sin saber exactamente a quién llamar para tomar un café.

Parece contradictorio, pero está comenzando a convertirse en un fenómeno social suficientemente importante para preocupar a investigadores.

Nunca habíamos tenido tantas herramientas para mantenernos conectados y, al mismo tiempo, tanta gente parece tener dificultades para construir amistades profundas.

Nuevos datos publicados en Reino Unido volvieron a colocar el problema en el centro de la conversación. Un análisis del Institute for Public Policy Research encontró que la proporción de jóvenes que afirma no tener amigos cercanos se ha multiplicado aproximadamente por cinco desde 2014. El fenómeno ha comenzado a describirse informalmente como una especie de “recesión de la amistad”.

Y posiblemente una de las razones más interesantes no esté en las grandes amistades.

Está en las pequeñas.

El compañero con quien conversabas mientras esperabas una clase. La señora de la cafetería. Alguien que veías diariamente en el gimnasio. El vecino con quien intercambiabas unas palabras. El desconocido que terminaba convirtiéndose en conocido después de coincidir varias veces.

La sociología llama a muchas de estas relaciones “vínculos débiles”.

No son nuestros mejores amigos, pero cumplen una función extraordinariamente importante: construyen el tejido social desde el cual pueden surgir relaciones más profundas.

El problema es que estamos eliminando progresivamente muchos de los lugares donde esos vínculos aparecían espontáneamente.

Compramos por internet.

Pedimos comida mediante una aplicación.

Trabajamos desde casa.

Vemos películas mediante streaming.

Entrenamos utilizando audífonos.

Utilizamos cajas de autopago.

Podemos pedir un taxi, ordenar la cena, trabajar, comprar ropa, estudiar y entretenernos sin tener prácticamente ninguna conversación inesperada con otro ser humano.

La tecnología consiguió hacer nuestra vida increíblemente eficiente.

Quizá demasiado eficiente socialmente.

Porque muchas amistades nunca comenzaron diciendo:

“Quiero que seas mi amigo”.

Comenzaron simplemente porque dos personas coincidieron suficientes veces en el mismo lugar.

La escuela resolvía ese problema automáticamente durante la infancia. Nos colocaba durante años junto a personas de nuestra edad. Compartíamos recreos, tareas, deportes, fiestas y problemas. La amistad parecía espontánea porque una institución estaba haciendo silenciosamente buena parte del trabajo logístico.

Después llega la vida adulta.

Ya no existen recreos.

Los compañeros cambian de empleo. Algunos trabajan remotamente. Otros se mudan. Las parejas ocupan más tiempo. Aparecen hijos, responsabilidades y horarios incompatibles.

Y entonces descubrimos algo que nadie nos explicó:

hacer amigos de adulto requiere organizar deliberadamente aquello que durante la infancia ocurría por accidente.

Internet parecía destinado a solucionar ese problema.

En cierto sentido lo hizo. Podemos conservar amistades a miles de kilómetros, encontrar comunidades extraordinariamente específicas y conocer personas que jamás habríamos encontrado geográficamente.

Pero existe una diferencia entre estar en contacto y estar acompañado.

Una encuesta estadounidense publicada en 2026 encontró que 45% de los participantes señalaba las redes sociales como su principal forma de socialización; entre generación Z y millennials, la cifra alcanzaba 58%.

Podemos saber qué desayunó alguien sin haber hablado con esa persona durante seis meses.

Sabemos que viajó.

Que consiguió trabajo.

Que terminó una relación.

Que fue a un concierto.

Le dejamos un corazón.

Y sentimos que seguimos formando parte de su vida.

Pero conocer información sobre alguien no necesariamente equivale a mantener intimidad con esa persona.

Las redes hicieron extraordinariamente fácil seguir una amistad y sorprendentemente fácil dejar de practicarla.

Hay otra transformación todavía más interesante.

Durante décadas, la televisión fue acusada de reducir la vida comunitaria. Hoy el entretenimiento se ha vuelto incluso más individual.

Una familia podía sentarse frente al mismo programa. Los compañeros comentaban al día siguiente el mismo partido o capítulo. Ahora cada persona recibe una dieta cultural personalizada por algoritmos.

Spotify conoce nuestra música.

TikTok nuestros intereses.

Netflix nuestras series.

YouTube nuestros videos.

Cada individuo puede habitar un universo cultural diseñado específicamente para él.

Eso tiene ventajas enormes, pero reduce algo que parece trivial y socialmente resulta fundamental:

tener cosas en común de las cuales hablar.

Y justo cuando las relaciones humanas parecen enfrentar mayores dificultades, apareció un competidor inesperado.

La inteligencia artificial.

Una encuesta de Elon University realizada junto con The Washington Post, publicada este septiembre, encontró que 27% de los adultos estadounidenses utiliza chatbots para cuestiones personales, emocionales o sociales. Entre menores de 50 años, la proporción se acercaba al 40%. Entre quienes utilizan IA de esa manera, casi cuatro de cada diez reconocieron acudir a ella algunas veces para sentirse menos solos.

Todavía más sorprendente: una investigación publicada hace apenas unos días en Nature Human Behaviour estudió qué ocurre cuando una compañía modifica un chatbot al que determinados usuarios se habían vinculado emocionalmente.

Los investigadores analizaron 54,861 publicaciones, además de siete encuestas con 1,452 participantes, después de cambios realizados en Replika y ChatGPT.

Encontraron aumentos en lenguaje asociado con pérdida, negatividad y deseos de recuperar la versión anterior. Algunos usuarios de Replika incluso describían niveles de cercanía superiores a los que reportaban respecto de amistades humanas comunes.

Es difícil imaginar una señal cultural más extraña.

Estamos empezando a estudiar científicamente el duelo por perder una personalidad artificial mientras discutimos por qué algunas personas tienen cada vez menos amigos humanos.

Eso no significa que la IA esté causando la crisis de amistad. Tampoco que una relación digital sea necesariamente dañina. Para personas aisladas, enfermas, mayores o socialmente ansiosas, la tecnología puede proporcionar compañía y servir incluso como puente hacia otras relaciones.

Pero aparece una pregunta incómoda.

Una amistad humana exige negociar.

El otro se cansa.

No siempre responde.

Puede contradecirnos.

Tiene problemas propios.

A veces necesita que nosotros escuchemos.

Un chatbot puede estar disponible a las tres de la mañana, hablar exclusivamente de aquello que nos interesa y adaptar permanentemente su comportamiento hacia nosotros.

Por primera vez, las relaciones humanas empiezan a competir contra relaciones diseñadas para reducir la fricción de relacionarse.

Y quizá ahí se encuentre una parte del gran debate.

Nos hemos acostumbrado a optimizar prácticamente todo.

La comida llega más rápido.

El entretenimiento aparece automáticamente.

Las compras requieren menos pasos.

Los algoritmos eliminan aquello que probablemente no nos interesa.

Pero las relaciones humanas funcionan exactamente al revés.

Necesitan tiempo.

Repetición.

Incomodidad.

Desacuerdos.

Esperas.

Conversaciones aparentemente inútiles.

Horas donde no ocurre absolutamente nada extraordinario.

La amistad es profundamente ineficiente.

Quizá precisamente por eso resulta tan difícil sustituirla.

La gran ironía de nuestra época podría terminar siendo que construimos la tecnología más sofisticada de la historia para mantenernos conectados y descubrimos demasiado tarde que la conexión nunca fue el problema.

Lo difícil siempre fue otra cosa:

estar presentes suficientes veces en la vida de alguien hasta dejar de ser conocidos y convertirnos en amigos.

Fuentes: Institute for Public Policy Research, análisis sobre amistad y jóvenes (2026); Elon University y The Washington Post, encuesta sobre relaciones personales con IA (2026); De Freitas et al., Nature Human Behaviour, “Mourning the loss of AI companions” (2026); literatura sociológica sobre vínculos débiles, interacción social y soledad.

Redacción

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