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El cuerpo que creemos habitar también es una creación del cerebro

Sentir que nuestro cuerpo nos pertenece parece una de las certezas más profundas de la existencia. Podemos dudar de una noticia, confundir un recuerdo o cambiar de opinión, pero rara vez cuestionamos que las manos, el rostro y el espacio que ocupamos forman parte de nosotros.

Sin embargo, la neurociencia ha demostrado que esta sensación no es tan automática ni inmutable como parece. El cerebro debe construir continuamente la experiencia de “tener un cuerpo”, combinando lo que vemos, sentimos y hacemos. Cuando esas señales son manipuladas de manera coordinada, incluso un cuerpo inexistente puede llegar a sentirse como propio.

El experimento del cuerpo invisible

Una investigación publicada en Scientific Reports utilizó realidad virtual para estudiar hasta dónde podía modificarse la percepción corporal. Los participantes usaron un visor y observaron, a dos metros de distancia, unos guantes y calcetines virtuales que se movían de manera sincronizada con sus propias extremidades. Entre esas prendas no existía ningún cuerpo visible.

A pesar de ello, varios participantes comenzaron a sentir que el espacio vacío entre los guantes y los calcetines formaba un cuerpo completo que les pertenecía. Cuando los movimientos virtuales coincidían con los reales, la sensación era significativamente mayor que cuando ambos se desplazaban de manera descoordinada.

En una segunda parte del estudio, los investigadores compararon el cuerpo invisible con un avatar completamente visible. Los participantes reportaron niveles similares de apropiación corporal en ambas condiciones. Para el cerebro, la coordinación de los movimientos podía ser más importante que la presencia visual de un cuerpo completo.

El experimento también mostró un desplazamiento en la percepción de la ubicación personal. Después de observar al cuerpo virtual, algunos participantes situaban su propio “yo” ligeramente más cerca del espacio ocupado por esa figura invisible.

No solamente sentían que aquel cuerpo les pertenecía: su percepción de dónde estaban comenzaba a moverse hacia él.

El cerebro completa lo que no puede ver

La explicación se encuentra en la integración multisensorial. Para determinar qué forma parte de nosotros, el cerebro combina la vista, el tacto, el movimiento, el equilibrio y la propiocepción, es decir, la capacidad de percibir la posición de las distintas partes del cuerpo sin necesidad de mirarlas.

Cuando esas señales coinciden, el cerebro construye una representación corporal coherente. Si una mano virtual se mueve exactamente al mismo tiempo que la mano real, puede comenzar a incorporarla dentro de esa representación. En el experimento, los guantes y calcetines sincronizados fueron suficientes para que el cerebro completara mentalmente el espacio vacío entre ellos.

La experiencia del cuerpo no depende únicamente de la materia que poseemos, sino de las señales que el cerebro reconoce como propias.

Esto no significa que el cuerpo físico sea una ilusión o que la conciencia pueda abandonar libremente su organismo. El estudio contó con muestras pequeñas, integradas solamente por hombres jóvenes, y evaluó una experiencia temporal dentro de un entorno controlado. Sus resultados no deben interpretarse como una demostración de que el “yo” es irreal.

Lo que sí revelan es que la sensación de pertenecer a un cuerpo es flexible y puede modificarse. Aquello que sentimos como una certeza inmediata es, en realidad, el resultado de un proceso cerebral constante.

¿Dónde comienza realmente el yo?

Estos experimentos plantean una pregunta que durante siglos perteneció principalmente a la filosofía: ¿el “yo” es una entidad fija que habita dentro del cuerpo o una experiencia que el cerebro reconstruye continuamente?

La investigación sobre apropiación corporal sugiere que una parte elemental de nuestra identidad depende de la capacidad del cerebro para establecer límites entre lo propio y lo externo. Cuando esos límites se modifican, también pueden cambiar la percepción del tamaño, la ubicación y las características del cuerpo que creemos habitar.

Otros estudios citados por los investigadores han encontrado que las personas pueden experimentar como propios avatares con edades, tamaños o tonos de piel diferentes. Estas experiencias virtuales incluso pueden influir temporalmente en la percepción del entorno y en determinadas actitudes implícitas.

Esto convierte a la realidad virtual en algo más que una tecnología de entretenimiento. Puede utilizarse para estudiar la conciencia corporal, rehabilitar funciones motoras, comprender ciertas alteraciones neurológicas o explorar nuevas formas de interacción entre humanos y entornos digitales.

Pero también abre dilemas importantes. Si una plataforma puede modificar la percepción de nuestro cuerpo, podría influir en emociones, decisiones y formas de relacionarnos. La tecnología no solamente estaría cambiando lo que vemos, sino la posición desde la cual sentimos que existimos.

Una identidad en permanente construcción

Nuestra sensación corporal suele ser estable porque las señales visuales, motoras y táctiles coinciden la mayor parte del tiempo. Sin embargo, esa estabilidad no significa que el cerebro posea una representación completamente fija del cuerpo.

El cerebro actualiza esa imagen de manera constante. Corrige movimientos, calcula distancias, anticipa sensaciones y decide qué objetos forman parte de nosotros. Gracias a este proceso podemos utilizar herramientas, conducir un vehículo o movernos sin observar cada una de nuestras extremidades.

El experimento del cuerpo invisible muestra la enorme capacidad del cerebro para construir una unidad incluso cuando faltan partes de la información. Unos guantes, unos calcetines y movimientos sincronizados pueden ser suficientes para crear la sensación de una presencia completa.

Quizá el “yo” no sea únicamente algo que existe dentro del cuerpo, sino también el relato sensorial que el cerebro produce para mantener unida nuestra experiencia.

La pregunta ya no es solamente quiénes somos, sino cómo consigue el cerebro convencernos, a cada instante, de que seguimos siendo la misma persona dentro del mismo cuerpo.

Fuente de información: Ryota Kondo y colaboradores, “Illusory body ownership of an invisible body interpolated between virtual hands and feet via visual-motor synchronicity”, Scientific Reports, 2018.

Redacción

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