¿Qué tan difícil puede ser pasar 15 minutos sin celular, música, televisión, lectura ni ninguna otra distracción? En 2014, investigadores de las universidades de Virginia y Harvard pidieron a varias personas algo aparentemente sencillo: permanecer entre seis y quince minutos únicamente con sus pensamientos. Muchos participantes encontraron la experiencia poco agradable y, en uno de los experimentos, algunos llegaron a preferir administrarse pequeñas descargas eléctricas antes que continuar simplemente pensando. No hacer nada resultó sorprendentemente difícil.
El estudio, publicado en Science y dirigido por Timothy Wilson, reunió once experimentos diferentes. Los investigadores encontraron que, en general, las personas disfrutaban más realizando actividades externas ordinarias que permaneciendo únicamente dentro de su propia mente. Esto ocurrió antes de que TikTok dominara los teléfonos, antes de los Reels y mucho antes de que pudiéramos abrir una inteligencia artificial cada vez que aparece una duda. Nuestra dificultad para permanecer sin estímulos no nació con el smartphone, pero la tecnología encontró una forma extraordinariamente eficiente de explotarla.
Hoy prácticamente cualquier vacío puede llenarse. Esperamos el elevador mirando Instagram. Caminamos escuchando un podcast. Comemos viendo una serie. Revisamos mensajes mientras esperamos a alguien y llevamos el teléfono incluso al baño. El aburrimiento, que durante buena parte de la historia era inevitable, se convirtió en algo que podemos eliminar en segundos. Pero existe una diferencia importante entre estar aburrido y desperdiciar el tiempo: cuando dejamos de atender permanentemente al exterior, la mente comienza a producir actividad por su cuenta.
Los científicos llaman mind-wandering a esos momentos en los que la atención se separa de aquello que ocurre inmediatamente frente a nosotros y comienza a desplazarse entre recuerdos, preocupaciones, planes, fantasías e ideas. No siempre es beneficioso: una mente divagando puede distraernos cuando necesitamos concentrarnos e incluso quedar atrapada en pensamientos desagradables. Pero tampoco es simplemente ruido mental. La investigación contemporánea relaciona el pensamiento espontáneo con procesos de memoria, planificación, reflexión personal y determinadas formas de creatividad.
Uno de los experimentos más conocidos fue publicado en Psychological Science por Benjamin Baird y colaboradores. Los participantes debían imaginar usos poco comunes para objetos cotidianos y posteriormente realizaban distintas actividades durante un periodo de incubación. Quienes hicieron una tarea sencilla que favorecía la divagación mental mejoraron posteriormente más en los problemas creativos que ya habían visto que quienes realizaron una tarea exigente, descansaron o no tuvieron pausa. La conclusión no fue que aburrirse automáticamente nos vuelva creativos, sino algo mucho más interesante: permitir que la mente se aleje temporalmente de un problema puede favorecer ciertas conexiones inesperadas.
La neurociencia ofrece otra pieza del rompecabezas. Existe un conjunto de regiones cerebrales conocido como red por defecto o default mode network, asociado con formas de pensamiento espontáneo que aparecen cuando nuestra atención no está completamente absorbida por demandas externas. Investigaciones recientes continúan estudiando su participación en la creatividad y en la combinación de información procedente de diferentes sistemas cerebrales. No significa que exista un “modo creativo” que se active automáticamente cuando dejamos el teléfono, pero sí desmonta una intuición común: cuando aparentemente no estamos haciendo nada, nuestro cerebro tampoco está necesariamente inactivo.
Quizá por eso deberíamos preguntarnos qué ocurre cuando eliminamos sistemáticamente cada momento vacío. No se trata de demonizar TikTok, Spotify, Netflix o ChatGPT ni de romantizar el aburrimiento: muchas veces aburrirse es simplemente desagradable. El problema aparece cuando perdemos incluso la posibilidad de elegir el silencio porque cualquier incomodidad activa automáticamente la búsqueda de estímulo. Construimos tecnología capaz de impedir que volvamos a aburrirnos y quizá terminemos descubriendo que algunos de nuestros pensamientos necesitaban precisamente esos minutos en los que aparentemente no estaba ocurriendo nada.
Fuentes: Wilson et al., Science, “Just Think: The Challenges of the Disengaged Mind” (2014); Baird et al., Psychological Science, “Inspired by Distraction: Mind Wandering Facilitates Creative Incubation” (2012); Association for Psychological Science; literatura contemporánea sobre mind-wandering, pensamiento espontáneo, creatividad y default mode network.