Durante siglos, la opinión pública se construyó observando a otras personas: conversaciones familiares, periódicos, reuniones, plazas y posteriormente televisión. Las redes sociales modificaron radicalmente ese mecanismo. Hoy buena parte de lo que creemos que “todo el mundo piensa” proviene de una pantalla cuyo contenido ha sido seleccionado previamente por un algoritmo. El problema es que aquello que parece una mayoría social puede ser simplemente una mayoría algorítmica: las opiniones más visibles no necesariamente son las más comunes, sino aquellas que el sistema decidió amplificar.
Una investigación publicada en Nature en 2026 aporta evidencia particularmente relevante. Los investigadores construyeron algoritmos experimentales y asignaron a 2,000 participantes diferentes formas de ordenar sus contenidos durante ocho semanas alrededor de la elección presidencial estadounidense de 2024. Encontraron que los sistemas orientados a maximizar interacción pueden amplificar información moralizada, emocional y relacionada con conflictos entre grupos. El algoritmo no necesita inventar una opinión para distorsionar la realidad; basta con mostrar algunas opiniones mucho más que otras.
El fenómeno resulta especialmente poderoso porque los seres humanos utilizamos el comportamiento de los demás para interpretar qué es normal. Si nuestra pantalla está llena de indignación, podemos concluir que la sociedad está indignada; si encontramos constantemente posiciones radicales, podemos asumir que la moderación prácticamente desapareció. La investigación de Nature estudió precisamente cómo estos sistemas pueden alterar percepciones sobre las normas del diálogo político. La plataforma deja entonces de ser un espejo de la sociedad y comienza a funcionar como un espejo deformante que también modifica a quienes se observan dentro de él.
TikTok ofrece otro ejemplo. Una investigación también publicada en Nature realizó 323 auditorías experimentales con cuentas controladas durante la campaña estadounidense de 2024 y recopiló más de 280,000 recomendaciones. Los investigadores encontraron diferencias sistemáticas y asimétricas en la exposición partidista dependiendo de cómo había sido configurado inicialmente el perfil. Dos ciudadanos pueden abrir aparentemente la misma aplicación y terminar habitando realidades políticas considerablemente diferentes.
La inteligencia artificial añade ahora otra capa al problema. Dos experimentos preregistrados publicados en Computers in Human Behavior encontraron que las personas tienen dificultades para identificar imágenes políticas generadas mediante IA cuando no están etiquetadas. Además, advertir que una imagen es sintética ayuda a detectarla, pero también puede reducir la credibilidad percibida del mensaje y de quien lo publica. Entramos así en una etapa donde no solamente podemos desconfiar de lo falso: podemos terminar desconfiando también de lo verdadero.
Para América Latina, esta transformación resulta especialmente relevante. El Digital News Report 2026 del Reuters Institute señala que 39% de los mexicanos consultados se informa mediante creadores o influencers, mientras 27% utiliza TikTok para acceder a noticias. En Perú las cifras llegan a 46% y 33%, respectivamente. El poder de definir la conversación pública está desplazándose parcialmente desde periodistas e instituciones hacia plataformas, creadores y sistemas de recomendación cuyo funcionamiento el ciudadano prácticamente no puede observar.
Esto también transforma las campañas políticas. Durante décadas, ganar una elección significaba convencer a suficientes ciudadanos. En el ecosistema digital aparece una tarea previa: convencerlos de que suficientes ciudadanos ya piensan como ellos. Mostrar multitudes, tendencias, comentarios, reproducciones y conversaciones aparentemente dominantes puede producir una sensación de momentum político. El poder contemporáneo no consiste únicamente en modificar lo que una persona piensa, sino en modificar lo que cree que los demás están pensando. Ahí reside una forma mucho más sutil de persuasión.
La democracia enfrenta entonces un problema que sus instituciones originales nunca imaginaron. Podemos regular financiamiento electoral, propaganda y tiempos de campaña, pero resulta mucho más difícil controlar sistemas que personalizan millones de realidades informativas simultáneamente. La próxima gran batalla política podría no librarse por controlar el mensaje, sino por controlar qué mensajes parecen mayoritarios. Cuando un algoritmo puede determinar qué opiniones encontramos repetidamente, la pregunta deja de ser únicamente quién domina la conversación pública. La pregunta verdaderamente inquietante es si todavía existe una conversación pública compartida.
Fuentes: Nature, “Redesigning algorithms to intervene on social norm misperceptions during a national election” (2026); Nature, “Systematic partisan content skews in TikTok during the 2024 US elections” (2026); Computers in Human Behavior, “Detection and spill-over effects of AI-generated images in political messages” (2026); Reuters Institute, “Digital News Report 2026”.