La inteligencia artificial dejó de ser únicamente una herramienta para estudiar, trabajar o resolver preguntas. Para una parte de los jóvenes mexicanos comienza a ocupar un territorio mucho más íntimo: el de la amistad. Un estudio de Kaspersky señala que dos de cada diez jóvenes en México consideran a la inteligencia artificial como una amiga, mientras su utilización para buscar consejos, conversar o compartir inquietudes se incorpora progresivamente a la vida cotidiana. El fenómeno marca un cambio profundo: las máquinas ya no solamente responden preguntas, también comienzan a ocupar espacios tradicionalmente reservados para otras personas.
La transformación puede entenderse por la disponibilidad permanente de estos sistemas. Una IA no duerme, no pierde la paciencia y puede responder inmediatamente a cualquier hora. Tampoco muestra rechazo de la misma manera que un interlocutor humano, lo que puede facilitar conversaciones sobre asuntos que producen vergüenza o inseguridad. Para una generación acostumbrada a relacionarse mediante pantallas, conversar con una máquina puede sentirse menos extraño de lo que habría parecido hace apenas una década. La frontera psicológica entre herramienta y compañía comienza así a desdibujarse.
Sin embargo, llamar “amiga” a una inteligencia artificial plantea una diferencia fundamental. Una amistad humana implica reciprocidad: ambas personas poseen experiencias, intereses, vulnerabilidades y capacidad para preocuparse genuinamente por la otra. Un sistema conversacional puede reproducir lingüísticamente esas características sin experimentarlas. La IA puede parecer empática porque ha aprendido cómo hablamos cuando somos empáticos, pero esa apariencia no debe confundirse automáticamente con una relación humana recíproca.
El problema adquiere otra dimensión cuando los usuarios comienzan a revelar información privada. Kaspersky advierte sobre los riesgos de compartir datos personales o sensibles durante estas conversaciones. La sensación de intimidad puede hacer que una persona explique problemas familiares, relaciones sentimentales, preocupaciones económicas o información laboral sin preguntarse cómo funciona el servicio que recibe esos datos. Cuanto más humana parece una conversación con la tecnología, más fácil resulta olvidar que detrás existe una infraestructura digital administrada por organizaciones.
Aquí aparece una nueva forma de poder comunicativo. Las plataformas digitales primero aprendieron qué nos gusta observando nuestros clics; las redes sociales conocieron nuestras relaciones siguiendo nuestras interacciones. Los asistentes de IA pueden acceder a algo todavía más profundo: aquello que decidimos contarles directamente. La economía digital podría pasar de conocer nuestro comportamiento a conocer nuestras confesiones. Esa posibilidad convierte la privacidad, la transparencia y la protección de datos en asuntos centrales para la próxima etapa tecnológica.
Tampoco resulta conveniente interpretar el fenómeno exclusivamente desde el alarmismo. Para determinados usuarios, conversar con una IA puede servir para ordenar pensamientos, practicar idiomas, buscar información o preparar una conversación difícil. El riesgo aparece cuando esa interacción sustituye sistemáticamente relaciones humanas o cuando el usuario atribuye al sistema capacidades que realmente no posee. La pregunta no debería ser si hablar con una inteligencia artificial es bueno o malo, sino qué función está ocupando dentro de la vida de quien la utiliza.
La comunicación política y educativa tendrá que adaptarse rápidamente. Decirles simplemente a los jóvenes que no confíen en la tecnología probablemente será tan ineficaz como pedirles que abandonen las redes sociales. Será necesario enseñar qué información conviene proteger, cómo funcionan estos sistemas y por qué una respuesta convincente puede ser incorrecta. La alfabetización digital del futuro no consistirá únicamente en saber utilizar inteligencia artificial, sino en comprender qué clase de relación estamos construyendo con ella.
Que dos de cada diez jóvenes mexicanos consideren a la IA como una amiga no significa que las relaciones humanas estén desapareciendo. Sí indica que una categoría que parecía exclusivamente humana está comenzando a transformarse. La revolución de la inteligencia artificial quizá no ocurra cuando una máquina consiga pensar como nosotros, sino cuando nosotros comencemos a relacionarnos emocionalmente con ella como si fuera uno de nosotros. Y cuando una tecnología entra en el terreno de la confianza, la conversación deja de ser solamente tecnológica: también se convierte en una discusión sobre intimidad, comunicación y poder.
Fuente: La Jornada. “Ven a la IA como su ‘amiga’ 2 de cada 10 jóvenes mexicanos: Kaspersky” (24 de agosto de 2026).